Antiguos esplendores en la calle de las ratas.

16 07 2008

Cuando uno transita Bucareli a pie, si mira al suelo, es muy probable que dé un respingo al descubrir infinidad de ratas saliendo veloces de las numerosas bolsas de basura amontonadas en cada farola.

Bucareli es una calle especial, ya desde su propio nombre. Entre arterias con denominaciones tan institucionales como Reforma o Insurgentes, o tan náhuatl (idioma azteca) como Chapultepec o Cuauhtémoc, aparece un italiano que, bien que tuvo un lugar en la historia del México novecentista, al no iniciado le suena fuera de lugar.

Es una de las avenidas que cruzan de norte a sur el plano citadino y sirve de límite entre las colonias Centro Histórico y Juárez. Comienza en el caballito de Reforma, esa gran masa metálica amarilla situada a modo de mojón de referencia en el Paseo de la Reforma, del mismo modo que kilómetros antes lo son la Diana Cazadora o el Ángel de la Independencia. Y termina cortada por Chapultepec, junto a la estación de metro Cuauhtémoc, porque a partir de ese cruce cambia de nombre.

Europa en miniatura.

La avenida Bucareli tiene apenas siete cuadras de largo, pero le son suficientes para adjudicar una identidad propia a cada uno de sus costados. De un lado quedan las postrimerías de la colonia Juárez, con sus nombres de ciudades europeas –no por nada- y la elegancia que sus decrépitas fachadas se esfuerzan por mantener como los antiguos aburguesados que seguramente las habitaron. Así, sobre Bucareli mueren Atenas, Barcelona y Lucerna tras dejar atrás la calle Versalles.

Fontaneros vs electricistas.

Del otro lado son todas calles de oficios, sólo que sin relación con sus nombres como sucedía en el medievo en los burgos europeos. De esta forma, la calle Ayuntamiento se dedica durante varias cuadras y en exclusiva al mobiliario de baño. Decenas de retretes, bañeras y mamparas desbordan los comercios, colgados de los dinteles, flanqueando puertas o, simplemente, desperdigados por la acera. En la calle paralela, de nombre Artículo 123, son más minimalistas. Se venden exclusivamente interruptores, fusibles, transformadores de corriente y bombillas. Y así, otras tantas calles. Si los oficios alguna vez dieron vida a grandes clubes, se podría armar una liga del Centro Histórico.

Si el poder está en los medios, es una calle poderosa.

Hay sin embargo elementos comunes a ambos lados de la frontera Bucareli. El diario El Universal y el Excelsior, dos de los principales periódicos nacionales, tienen sus respectivas rotativas a ambos lados de la calle, haciendo sendas esquinas con Reforma. Del lado del primero, a una cuadra, se sitúa el semanario Milenio, el equivalente aproximado a la Newsweek o a la española Tiempo. Y del lado del Excelsior, simétricamente una cuadra más atrás, el cuartel de La Prensa, otro de los diarios de gran tiraje. Precisamente es el diario Reforma el único de los principales impresos que no está junto a su calle homónima. De entre todos, mi favorito es el edificio del Excelsior. No el nuevo sino el antiguo, colindante a la manera local (debido a la permeabilidad del suelo muchos edificios se hunden ligeramente de un lado, esto es visible en las junciones). El antiguo Excelsior es un magnífico conjunto gris de cemento y ventanas rectangulares al más puro estilo de la Escuela de Chicago. Se me ocurre que quizás el nombre del diario surgiera al contemplar el edificio concluido.

Bucareli en los libros.

La manzana de La Prensa también da a Bucareli, en el cruce sobre la calle Morelos. Unos diez metros antes de llegar a la esquina, viniendo por Morelos, a través de los cristales de la cafetería ya se puede ver media Bucareli. Es el enorme Café La Habana, fundado en 1952 en aquella esquina, como reza bajo el logotipo. Después del Tacuba, que hace la función del Brasileira, el Tortoni o el Ateneo en la Ciudad de México, el La Habana puede ser por derecho propio el siguiente café histórico. Es diáfano, de fachada acristalada, techos altos, con muchas mesas y sillas sencillas e idénticas y el suelo de baldosas grandes. No hay tabiques, es un solo espacio. Tanto las paredes interiores como el exterior son de color crema, pero las enormes fotos en blanco y negro que hay en hilera sobre la barra y las mesas respaldan con orgullo en nombre del café. Hay un tintineo constante de cucharas y tazas, y tiene eco debido a su gran tamaño. Un buen grupo de meseros corretea de aquí para allá, casi siempre, o espera clientela poniendo a punto las mesas.

Sin haber oído hablar de él, sólo por verlo día a día, daba la sensación de que las historias no se harían esperar. Así me enteré de que, en los años setenta, el escritor chileno Roberto Bolaño y Santiago Papasquiaro resucitaron sobre una de sus mesas al movimiento poético infrarrealista.

No todas las procesiones llegan a Guadalupe.

Volvamos a Atenas y Roma, del lado de la colonia Juárez. Entre esas bocacalles, mirando a Bucareli, se levanta la sede de la Secretaría de Gobernación, una enorme manzana rodeada día y noche por agentes de policía y por las numerosas barricadas que aguardan, aparcadas entre los pocos autos, a la próxima manifestación gremial llegada desde cualquier punto del país. La Secretaría tiene una bella fachada en piedra, balconada sobre una columnata como si de una antigua hacienda se tratara. Donde no luce piedra es de pared blanca, y así es como se extiende hasta doblar las esquinas y completar la cuadra mediante dependencias anexadas con posterioridad. Entre el edificio y la reja de rigor, tan bonitos como inútiles jardines pues apenas se entrevén tras un frondoso cierre, y fontetas románticas que sólo por la noche se escuchan, justifican un sueldo de jardinero.

La casa de los azulejos.

Enfrente de la Secretaría, todo a lo largo de ella, permanece pese a su estado un edificio con una espléndida fachada de azulejos oscurecidos por el humo, ventanas estrechas con contraventanas desvencijadas y, generalmente, con todas las puertas abiertas. Pareciera que allí no vive nadie. Pero nada más lejos de la realidad. Se cuenta –una amiga italiana me hizo partícipe- que aquel edificio era propiedad de un avaro chilango. Lo ocupaban decenas de familias que cada mes tenían más dificultades para pagar sus abusivas rentas, por lo que el dueño decidió echarlas a todas. Entonces, la decisión llegó a oídos de un torero afamado, que decidió comprar el edificio completo y permitió a las familias continuar bajo ese mismo techo a cambio de una renta simbólica. Francesca me dice que, desde entonces, en algún rincón del edificio hay una plaquita conmemorativa que los inquilinos dedicaron al torero. Quién quiere dos orejas. Menuda (muletilla).

Pax Romana.

Más al sur, también del lado Juárez, hay un curioso y majestuoso complejo residencial que no es lo que últimamente entendemos con este designio. Se trata del conjunto que forma los pasajes Gardenia, Mascota e Ideal. Forman un gran cuadrado de unos cien metros de lado con tres callejones internos paralelos. En dos lados opuestos, y al más puro estilo de una villa romana, tres grandes arcadas interrumpen las fachada de dos pisos y dejan ver, entre sus puertas de reja, largos pasajes ajardinados donde un par de acacias buscan la luz entre el desgastado ladrillo rojo y la piedra gris. Cada pasaje tiene una pequeña fuente central con querubines a los que les brota el agua. Los jardines son centrales, estrechos, y llegan casi de reja a reja. De los contornos de cada uno de ellos sobresalen hierbajos y algunas raíces que han agrietado el suelo de concreto, dándole al lugar una atmósfera que justificaría nombres como Pompeya o Vila Adriana. Tres remansos de paz junto a los cientos de aceleradas rutinas que vuelan diariamente en carro por Bucareli.

Biscaye.

Hay otro edificio que, si el paseante se molesta en levantar la vista, no pasa desapercibido. Sobre todo viniendo desde Lucerna, calle que topa con pared contra el mismo.

Es una construcción de seis plantas en un barrio donde nada sobrepasa las tres alturas. El color pardo de su piedra gris le aporta vigor y al mismo tiempo camufla la película de humo adherido que a buen seguro deben de sufrir sus vecinos. Un gran arco porticado hace de entrada, por él se accede a un pasaje sin salida adonde dan las puertas de las viviendas. El pasaje termina en un paredón que exhibe un altarcito a la Guadalupana, supongo, como en cualquier otro barrio capitalino. En la fachada, los seis pisos del edificio están rematados por un tejado muy inclinado de tejas azuladas entre las que surge un buen número de buhardillas, algo singular por estos lares. Sobre todo cuando llueve y las tejas brillan, recuerda a la arquitectura parisina o a alguna ciudad suiza. Sin embargo, es conocido como Edificio Vizcaya. Ignoro el motivo, pero tengo una sospecha.

Ecos de pelota.

Antes de llegar al cruce, saliendo a mano derecha, una gran fotografía pixelada de un jugador de cesta punta anuncia el frontón Bucareli. Bajo el cartel nace un pasadizo y quince metros más adentro vuelve a haber luz. Tras la clásica red metálica y oxidada tres paredones verdes forman uno de los frontones emblemáticos de la ciudad. La pelota vasca era muy popular antaño y de hecho no estamos lejos del frontón más grande del mundo, el majestuoso Frontón México, que ahora permanece abandonado e intocable pese (o por) constar en la lista de patrimonio arquitectónico. El Bucareli está en mal estado, pero continúa activo. Todas las mañanas hay clases de cesta y mano y los fines de semana competición.

“La comunidad china a México en el primer aniversario de su independencia”.*

Pero Bucareli es eminentemente una vía rápida. Diría que el 95% de quienes la atraviesan van en carro y por la noche el 99%, de los cuales un tercio son camiones que rompen la oscuridad con sus frenos motores, que suenan a grotesca pedorreta y que traspasan las paredes. Poco importa a los conductores qué dejan a los lados, pues lo más en que se pueden fijar es en los niños malabaristas o en los limpiadores de vidrios de los semáforos, que te limpian -y cobran- si no estás ávido para impedirlo.

Prueba de esto es que apenas nadie conoce qué es el Reloj Chino, y quien lo conoce, no sabe por qué se llama así. Si hubiera que escoger alguno, el reloj es el símbolo de Bucareli.

En la plazoleta donde se encuentra, uno puede sentirse extrañamente un náufrago. Se trata de apenas una acera ancha con forma de almendra y situada en el cruce anterior a la Secretaría de Gobernación, a cuya entrada principal de por sí nunca se acerca nadie, salvo vigilancia. La razón de ser de la plazoleta es una pequeña torre de piedra con escasos diez metros de altura que muestra en lo alto un reloj en cada una de sus cuatro caras. Como mucho, la función real de la plazoleta es contener a los pilotos de carreras, que ahora tienen que prestar atención y evadirla por uno de ambos lados. Nadie, ni las ratas, cruza la calle hasta ese islote peligroso a no ser que le mate la curiosidad de leer qué pone en la placa lateral justo debajo del reloj.*





La generación de las Semifinales

23 06 2008

Somos muchos y muy diversos en origen, ideas, carácter o aspiraciones. Prácticamente sólo constituimos partes de un todo para el extranjero observador que viene y busca atar cabos en su intento de deglutir mejor la cantidad de estímulos que encuentra en nuestro alrededor. Lo siento así porque, en consonancia con esto, creo que la única vez en que he sentido mi pertenencia a mi generación ha sido al leer uno de esos mails en cadena donde se habla de peonzas, gameboys, matutanos y los cromos del ochenta y seis. Las sonrisas que generaba y genera dicho mail, que aún pulula por la red, son fruto de un pasado común nada meritorio por nuestra parte pero que rescata el valor de la experiencia de lo compartido bien que, como siempre, nosotros no hayamos decidido nada.

Pero teníamos algo más en común, difícil de cosificar y por ello de dejar constancia entre aquellas fotos de antiguallas. Algo que iba en el carácter, y en este caso lo que nos unía es una carencia. Tan futboleros como somos –intentemos voltearlo a una forma positiva-, lo que compartíamos es el sarcasmo con una selección que parece el coyote rodeada de un puñado de correcaminos y cientos de explosivos ACME siempre listos para inmolarse. Como en los dibujos, este coyote moría, resucitaba y volvía a pasarle lo mismo. La forma negativa de decirlo, la carencia antedicha, es obvia: la nada futbolística.

Los mexicanos son malinchistas, admiradores de lo ajeno, fútbol incluido; los argentinos son orgullosos, llenos de un amor propio que más bien busca alejar fantasmas aferrándose a sus virtudes, fútbol incluido; los españoles –y sí, la fama es mundial- somos todo menos españoles, fútbol incluido. Y es normal. Sea casualidad o no, todo se refleja en el fútbol. Particularmente pienso que nada tiene que ver esto con nuestra realidad política plurinacional, como sugería un espectador dominicano en plena retransmisión del partido a Mario Kempes, ahora comentarista de ESPN para América. Sin embargo, políticas aparte pues cada vez más me valen madres las banderas, creo que el hito de hoy, a la postre muy a la italiana, nos alimenta un poco una identidad común y transversal que alivia aunque sea al ir de bares los casi monotemas de vivienda, mileurismo y otras calamidades contemporáneas.

Ahora, lo único que puede pasar a corto plazo es un cambio de nomenclatura para esta generación, por lo de semis. Pero sea como sea desde hoy tenemos otro motivo para reírnos de la vida y, aunque todo lo otro siga igual, quizás nos podemos permitir tomar las cosas un poco más a la ligera, cambiar la forma de mirarlas relativizando problemas y quién sabe si, incluso, optar sanamente por vivir en alquiler.

Post publicado en http://blogs.elcorreodigital.com/euskaltitlan/posts





Ciudad de México. Qué, cómo, dónde y por qué.

11 06 2008

La ciudad de México es un gigante caótico, y mucho branding tendrá que hacer para quitar ese estigma de las mentes del mundo. Pero como las historias casi siempre superan a la realidad, era obvio que el león no es tan fiero como lo pintan. Vivir en México viniendo de Euskadi es más interesante que difícil. Por goleada.

Tengo que hacer el ejercicio de transportarme al pasado para recordar qué piensa un vasco antes de llegar a esta megaciudad. Quizás alguno me puede corregir, pero en el top of mind de los clichés está el tamaño, seguido de la polución, el calor, la corrupción y la inseguridad, muchas veces patrocinada por la policía. Antes de comenzar a reforzar y deshacer prejuicios, quiero situar geográfica e históricamente la ciudad para tener un punto de partida.

La capital mexicana se sitúa a 2260 metros de altura media, sobre la explanada que antiguamente fue el lago de Texcoco. Hasta la llegada de Hernán Cortés en 1519, sobre este lago se levantaba, casi a flote, la sorprendente Tenochtitlán, capital azteca. Actualmente, Texcoco es una minucia de aguas negras comparado con lo que fue. A la explanada se la conoce como el Valle de México, ya que está rodeada de grandes y frondosos conos arbolados que no son sino volcanes extintos.

“El monstruo”, como se lo conoce en el país, es inmenso mas no es la mayor urbe sin contamos como una sola la conurbación de Tokio y Yokohama, según leo. En todo caso, sus 19 millones de almas la mantienen en segundo lugar, si no en primero.

Como ocurre en otras entidades, el área metropolitana se extiende más allá de los límites del Distrito Federal, la unidad política que complementa a los treinta y un Estados Unidos Mexicanos. En realidad, ni la ciudad abarca todo el Distrito Federal (el sur es montañoso, con el volcán Ajusco y sus 3.937 metros) ni el Distrito es toda la ciudad, puesto que ésta se expande por el Estado de México formando Tlalnepantla, Ecatepec, Naucalpan, Cuautitlán-Izcalli y otros núcleos anexos. Al norte del distrito se lo conoce como Ciudad Satélite, fruto de la planificación sesentera que quiso copiar el desarrollo suburbano estadounidense. Para el ojo humano, los suburbios trepan por cualquier loma aledaña que encuentran a su paso, con lo que muchas referencias visuales dejan de ser válidas.

Lejos de cáctus y arenas, o de selvas yucatecas, hay que pensar que la latitud de la ciudad se corresponde con climas tropicales, pero la altura hace que esa climatología no tenga vigencia apenas en el DF. Oficialmente, el clima es “subhúmedo con lluvias en verano” y las estaciones son prácticamente dos: la de lluvias (verano, de mayo a septiembre) y la seca (invierno, de octubre a abril). La variación térmica es escasa, inviernos de 20 a 8ºc y veranos de 24 a 14ºc. Lo más destacable son las trombas de agua brutales en verano y los alrededores eminentemente verdes todo el año gracias a vastos pinares y encinares.

Y con esto, ya tenéis los ingredientes para empezar a construir vuestra maqueta imaginaria.





Sigur Ros en México: cómo congelar un bosque tropical

9 06 2008

Resulta que me han invitado a crear un blog como “corresponsal accidental” en El Correo Digital. Así que estoy escribiendo, y mucho, en el link de abajo. La crónica de Sigur Ros en Tepoztlán quizás os merece una leída…

http://blogs.elcorreodigital.com/euskaltitlan/posts





An Absolut DF in an Absolut World

19 05 2008

Desde el asiento de mi agencia, en días claros en que por arte de magia pareciera que los coches funcionan con agua y no con combustible, se ve así. Es el volcán Icztaccíhuatl, de 5.222 metros, a través del aire de la ciudad. Es el primer día en tres meses en que esta vista ha sido posible.





Batalla en las puertas del metro

18 05 2008

Las palabras en la mente ardían más que el café que me había tomado unas horas antes. Estaba llegando a casa. Acababa de presenciar otra anécdota muy representativa del transporte público y la idiosincrasia de la ciudad.

Regresaba en metro de una cita exprés, un amigo me había devuelto el libro que había olvidado en su carro media hora antes y cuya no disponibilidad me traía de cabeza. Cuando llegó el convoy, el andén no estaba como un lunes a las siete de la mañana, pero sí como un domingo a las nueve de la noche. Grupos de personas que volvían del cine y de su esparcimiento dominical se disponían a entrar o a apearse. Había gente suficiente como para desencadenar una pequeña batalla en cada puerta del vagón, como de costumbre. Se abrieron las puertas. Barreras abajo, pistoletazo de salida, pitido inicial: a por ellos.

Desde la retaguardia, en lugar de meterme al fregado me disponía a observarlo y después a entrar tranquilamente, pues pese a la confluencia de gente podría subirme sin problemas y más sanamente, pensé.

No es lo que pensó la treintañera que abordaba el vagón por el flanco derecho de nuestra puerta, dos metros delante de mí. Miró adentro, poniendo el ojo donde quien ejecuta una falta quiere poner la bola, y se lanzó directa. Pero era obvio que habría barrera de parte del rival. El defensor, con el ojo puesto fuera, se disponía a salir primero, pase lo que pase y por encima de quien fuere. La chica, cual caballo con anteojeras, no claudicaba en su mirada y no cejaba su determinación, pero el defensor había asido la barandilla interna y el cuello de la chica parecía ir a encajar con su brazo. El choque fue violento, como de dos ciervos erguidos que se dejan caer desde la altura de sus dos patas traseras y quedan enramados. Por el ala izquierda y central, quien mas quien menos iba consiguiendo su objetivo, al parecer ganaron todos. Pero la batalla del lateral derecho se enrocaba, con la chica al borde del K.O. técnico, casi ahogada, pues el brazo del hombre se mostraba inamovible. Hasta que el hombre, adelantando con terquedad su cuerpo y sin soltar la mano, logró salir salvaguardando toda su gallardía, y sólo cuando dio ese pequeño paso –que era un gran paso para la virilidad- se desasió, consiguiendo que la rival entrara casi por inercia y con su elegancia por los suelos.

La chica se sentó inmediatamente al lado de la puerta y se echó la mano a la frente y bajo ella se escudó. Yo avancé por el camino despejado y me paré entre la puerta y su asiento, la posición más natural según entraba. Abrí mi libro por el separador, pero iba más pendiente de averiguar la frustración y el cansancio emocional de la derrotada (aunque sin un ápice de vergüenza), el feminismo que pretendió enarbolar y la exasperación por el ritmo de una marabunta que se dice respetuosa pero que a veces no sobrepasa el decoro.

En esto, un joven de aspecto jovial, cadenas, pelo corto y tez más morena que ella, le puso la mano en el brazo al tiempo que se interesaba por su aparente preocupación. Ello quitó leña al asunto con una voz casi imperceptible. “Se me adelantaron”, pensé yo. “Ahora quedaré como un capullo, porque aunque no la toque, cosa que irrita sobremanera a las mujeres de la ciudad, para ella seré el segundo en tres paradas que llama a la puerta de la cortesía para abordar su intimidad.” Esta vez esa no era mi intención. Cuando una chica es guapa, uno pierde toda neutralidad y su ‘manual de reacciones’ se ve gravemente alterado. Ésta no era una princesa, pero el choque de emociones y su delicada caída desde lo alto de su carácter hasta el nivel del asiento me habían enternecido desde el momento en que supe que perdería. Me imaginé qué pasaría si en lugar de ligeramente atractiva ella hubiera sido más bien fea. Me pregunté si actuaría yo igual, porque si estaba dispuesto a quedar como galán oportunista debería ser por una causa noble, es decir, debería poder demostrar una intención que a ella la descoloque para que no piense que los hombres de este mundo son una panda de pardillos infantiles sin criterio. Lubriqué el cerebro y hallé mi intervención. A veces un mea culpa es la salida más rápida y satisfactoria para erradicar la rabia que uno siente. Intentaría infligírselo. Le diría: “Ánimo, que esto pasa todos los días.” A esa afirmación aparentemente comprensiva –pero insuficiente y vaga- ella reaccionaría descolocada, más si cabe por el acento, y ante una posible respuesta corta y cortante le hubiera objetado: “es que deberías haber dejado salir primero, es lo que corresponde”, pero sin dejar de ser nunca condescendiente y haciéndole ver que no era una cuestión de machismo, sino de pérdida de referencias suya y colectiva de la que ella no tenía (casi) culpa. La mejor de mis sonrisas virtuales, del tipo de “yo pasaba por aquí”, sería el colofón.

Pero los dos pasajeros que se sentaban junto a ella parecían leerme el pensamiento y, entre la baja probabilidad de éxito, la vergüenza de un Robin Hood de pacotilla y el hecho de que ya me sé el final de la historia –yo repartiendo moralinas gratis- opté por cambiar el guión. Me comí las palabras y me bajé, esperando que el tren arrancara lo antes posible para no dar marcha atrás.





Si Escher fuera porteño.

7 05 2008

Al leer un artículo de Juan Cruz para El País sobre Buenos Aires, no he podido reprimir las ganas de un nuevo intento, el enésimo, de aproximarme a la esencia de la ciudad. Ya les anticipo que es una misión imposible, ahí está su gracia, pero se puede hacer mejor o peor. Aquí les va.

¿Por qué será que cuando escribe, cuando responde a otros, es cuando uno cree darse cuenta de qué tiene Buenos Aires que no tiene el resto? En dos palabras, con un juicio muy básico, yo diría que “arte” y “nostalgia”, siendo nostalgia un término comodín por todo lo que esconde. Sería sólo un ejemplo, pero aún así no habríamos avanzado nada. El asunto se parecería un poco al del huevo y la gallina, o a una ilustración de Escher.

Para empezar, y sin lanzar las campanas al vuelo, la ciudad tiene en mi caso una diferencia tangible y mensurable, que es algo muy valioso para resolver tamaña empresa. Es la única ciudad que ha metido en mi casa, en todas mis casas, literatura urbana. Me refiero a aquella que tiene la ciudad como tema, como sujeto activo. Además, es la ciudad donde abandoné mi diario de casi siete años pero, viendo más allá de eso, fue la única ciudad que me hizo cambiar lo que he desayunado hoy, y hoy, y hoy por verdaderas historias libres de la tiranía del tiempo. Porque no dejé de escribir, sino que aprendí a hacerlo. Allí conocí una nueva voz, una nueva etiqueta transversal para poner género y cierto sentido a algunos acontecimientos que, ahora que los sé nombrar, se me abalanzan en Barcelona, en México o dondequiera que esté. Son historias mínimas. Diferentes intentos de buscar el principio a geometrías… complicadas, dejémoslo así para no desesperanzarnos ya.

(Antes de profundizar, un apunte disuasorio: sus teatros, librerías y mercados no son la razón de ser de Buenos Aires, sino el corolario, el marco. Volvamos pues a donde estábamos.)

Hablar de la ciudad es hablar de sus habitantes. Su orgullo no es como el orgullo gringo, por ejemplo, sino bien antagónico. No es orgullo de haber llegado lejos, de dirigir al mundo previa victoria en el concurso colegial estatal de matemáticas. No. Es algo muy distinto que no se basa en resultados, pese a la fama de autoensalzarse de los porteños, pues si atendemos a los intentos por “curarse”, resultados no hay muchos. Es un orgullo que sólo puede darse en quien está a la cola casi por decreto (por un decreto que se sanciona y se deroga cíclicamente, a cada crisis de la economía). Es el orgullo del intelecto, de la resistencia mental. Es el del lado oscuro, el de la cara B, del destierro y la colonia, de la ausencia de un pasado común, del ser del sur –perdón: del Sur. Es como si, resignados a repetir inexorablemente su propia historia, su bien más preciado fuera la capacidad de pensar y de pensarse a sí mismos. No es que el medio justifique el fin, ni que no lo justifique, sino todo lo contrario: da la sensación de que el fin es el propio medio. El medio es el mensaje, en versión austral.

Es opinión compartida que las dificultades avivan a uno. Pero hay más. Esa falta de fin último, al menos presente en algún momento, no les hace vagos. Por el contrario, les sume a los porteños en un estado de nostalgia, de saudade (de fustigación, porque se encantan y se odian), de resignación (pero con bronca al mismo tiempo), que es el estado más productivo de la mente. Y si llegan alto, es por esta vía, porque de tanto pensarse y no llegar a nada, se conocen mejor que nadie.

Esta ‘no finalidad’ como tal también explica algunos hechos cotidianos. En Buenos Aires, puedes entrar a una librería y salir tres horas después sin libro alguno. El librero tampoco habrá vendido ningún ejemplar, pues se ha pasado las tres horas disertando contigo sobre el rumbo de la historia a ambas orillas del Atlántico, sobre política y sobre filosofía.

En Buenos Aires puedes especialmente estudiar en los parques, porque aparte de cacas de perro, también abundarán historias tan perdidas que jamás las hallará Google. Puedes encontrar restos naufragados de las invasiones inglesas o del virreinato bajo cualquier boina y algo de pelo blanco.

También puedes ir al fútbol, en este caso en busca de estrategia, picaresca, poesía, (“San Lorenzo inclinó la cancha en pos del gol”) …pero también sociología. Aquí, más que en ninguna otra parte, el fútbol es la guerra de los tiempos modernos. A veces, ni el resultado cuenta, y los barrabravas se pierden los goles de penal por preferir dirigir el festejo para que el contrario lo escuche mejor. Los cánticos al rival y las putiadas al árbitro arrollan en importancia al veredicto teórico del resultado, ya que por no haber, no hay ni marcadores. De hecho, camuflan los títulos con el cómputo histórico entre rivales, y en función de quién lleve la delantera establecen quién es papá de quién. Si importa el resultado del domingo, eso es para ver con qué temperamento encaran su vida a partir de ese momento.

Y así es la ciudad, puro reflejo colectivo de su carácter individual. Gallarda, envidiosa, apasionada. Pareciera que nada anda derecho. Su urbanidad es decrépita, ruinosa, huele a gas y a humo. Resultado de un ritmo frenético donde todos los días cae la misma noche. No parecen ingredientes suficientes para engendrar vida. Pero nada más lejos de la realidad. La sola decrepitud no puede captar tantos adeptos: es un gigantesco caldo de cultivo.

El afán de saber y de experimentar, de practicar -ya sea verbalmente- toda la teoría acumulada en esa rutina vertiginosa, es el origen de los parques como ágoras, de las librerías que surgen como setas y de los cines abiertos desde las diez de la mañana exhibiendo puro cine local.

Y lo bueno, lo más solidario, es que eso se contagia. Al cabo de unos meses de convivencia (y connivencia) le llega a uno de pronto, pero poco a poco. Es un estado de punto muerto dentro del vértigo, es como alcanzar la velocidad crucero dentro del ritmo citadino. Se olvidan el caos, el humo, los gritos, o quizás es que se adoptan como propios, y por eso comienza uno a usar palabras argentinas más rápido que en otro lugar usa las palabras locales.

El resultado de ese afán de la experiencia, el ritmo creador, de producción propia, varía. Pero si uno no exterioriza y da vía libre a sus vivencias plasmándolas de algún modo, si uno no las materializa, las repiensa y las pare, se infla irremediablemente como un chicle humano cada vez con más presión. La cabeza no descansa ni cuando tiene que hacerlo, pensar deviene en una droga. Y como droga, es difícil salir. Para mas inri, es una droga temprana, porque hace que ya desde chavitos, en lugar de jugar a la Play como tres de cada cuatro niños entre los que yo crecí, los pibes porteños, eterna cantera, hacen teatro, fotografía y cine. Y el cuarto, ese sí, juega a la Play. Pero al juego de fútbol, ese de la estrategia, del pueblo y de la pasión, que también es un arte.

Como en las figuras de Escher, no me queda sino la sensación de haber avanzado, pero no sé en qué dirección. Buenos Aires no merece ser desentrañada tan fácilmente. Así que, habiéndome aproximado o alejado, lo dejaré en pura ilusión.





Non lego, río cual borrego.

30 04 2008

Iba buscando un albergue, al encuentro de Francesca, una amiga napolitana de mi época en Barcelona que estaba de visita. Ese día había cambiado de plan, había ido en camión hasta Chapultepec y casi por error había acabado en el metro del mismo nombre. El subterráneo estaba bien lleno, pero me había hecho un hueco entre las barras de hierro del vagón para ir leyendo, más o menos tranquilo, mi libro sobre cómo leer.

Inmerso en la lectura, no presté mucha atención a las paradas. Llegué a Salto del Agua y me bajé. Cuando ya casi alcanzaba la superficie por las escaleras cavernosas, me acordé que mi destino era la calle Isabel la Católica, y que su parada, también homónima, no era esa sino la próxima. Así que bajé de nuevo.

Entre las muy pocas labores de la Seguridad ciudadana está el enviarte a la zona de hombres si ingresas al andén del metro por la zona de mujeres y niños. Aunque no haya tales. Iba inserto en mi libro de tal forma que ya me había adentrado unos metros en esa área. “Por aquí no, por el otro lado joven”. Sin apenas levantar la vista, me disculpo del agente y giro sobre mi planta, en el preciso instante en que comienzo a oír una risa fácil y abierta que se multiplica hasta tres voces, para mantenerse constante. No le presto mayor atención, hasta que un grito gratuitamente jovial proclama “Es una niñaaaa”. No pensé en principio que esas risas fueran conmigo por haber dado unos cuantos pasos en falso, pero debido al preocupante nivel del humor mexicano en segundos me convencí de lo contrario. Risas mecánicas de adolescentes mecánicamente estándares, jeans y mochilita cuadrada con flequillos sin tijera se repetían y sostenían en el tiempo, como riendo todo lo que en una hipotética audiencia jamás provocarían.

Los chicos venían tras de mí, buscando el mismo andén e increíblemente bienhumorados, quién pudiera, a mi costa. Más molesto por la mediocridad de su hilaridad, su nulo criterio y la poca competencia que la mala risa tiene en este país, me giré nuevamente, ésta vez hacia ellos. “Está bueno que os riáis, pero ¿no tenéis otra cosa más interesante de qué hacerlo?”, espeté sonriente, intentando cierto sarcasmo. Inmediatamente obtuve como respuesta la cobardía supina del iniciador, que no sabía dónde meterse; lo gris del segundo, que sólo reía de la misma manera, impávido; y la condescendencia de un tercero que decidió hacerse el buenaonda. “Nooo, no te enojes. ¿Eres argentino?”, pregunta, con una ligera sonrisa naciendo y con aires de manejar la situación sobradamente. Uuuuh, cada vez peor, pienso. Aparte de su preocupante nivel humorístico había una obvia carencia de lectura -que era el quid de todo el asunto y ya había quedado demostrada. Y aún un lamentable sentido de la experiencia, de lo común, de historias de ciudad cosmopolita y de Historia, en fin último, de pendejadas que hacen que sepas que un argentino dice la she y un español dice la zeta. Muchas cosas que eran en realidad una sola.

Me giré nuevamente y le dijo que no, que era vasco. “¿Qué es eso?” -con todo pronóstico, esa pregunta era la respuesta. “Vale, español.” Ahora renegó de los argentinos, se declaró afecto a España –pese a su total ignorancia- y mientras subíamos al atestado convoy volvió a pedirme que no me empute. Como tratar de enseñarles algo parecía inútil en lo que dura una parada, y mucho más convencerles de que lean, ya sea el “jale” en una puerta, opté por fingir una amistad fugaz, temporal, de conveniencia hasta la parada venidera. Cuando nos apretamos en el vagón, uno de ellos comienza entre los demás el juego de los tocamientos sospechosos, que quén es el gay, quién es el puto que le está tocando. Estoy a punto de bajarme y dejar que la ignorancia siga su camino. Y cuando ya no daba cabida a la probabilidad de una pendejada mayor, algo sembró la boca del abusado y dejó salir un “Era mi mano, jajaja”. Mi no risa -¿dónde estaba el chiste?- se vio de pronto acorralada. Me salí por entre ellos, qué remedio, saludando, y algún puto de verdad sí tuvo tiempo de lanzarme una mano al trasero, ante las carcajadas desmesuradas pero inofensivas por vacías de los otros. Ni modo.





La vuelta a todo en 50 días

23 04 2008

Ha sido un mes muy largo con forma de tortilla lanzada al aire por un chef maestro. Desde primeros de marzo no han dejado de suceder cosas en mi vida. Irónico pero lógico, no he escrito en todo este tiempo.

Desde hacía meses tenía planeado el 1er viaje a España del 13 al 24 de marzo. Días antes mi estatus sentimental quedaba en stand by, y al poco de la vuelta quedaba en off. La víspera de partir recibo la noticia de mi renovación en el trabajo. En España, ya muy calmo -de alma, que no de acción-, diez días dieron para recuperar relaciones sociales en Madrid, Vitoria, Pamplona, Barcelona y Girona. Además, reencuentros muy sentidos -uno en especial-, viejos amores, viejos amigos, familiares y viejos rincones, montes y tradiciones culinarias.

Volvía al DF curado de morriña, con ganas de seguir prosperando y apenas tuve tiempo para pensar: mi amigo Borja, desde NY, y yo, desde el DF, nos ganábamos el representar a España en el FIAP de Buenos Aires. El off sentimental me llegaba en el momento ideal, si es que hay un momento ideal para una ruptura, y aunque duela, desde un análisis en frío se veía bienvenido. Dos días después regresaba a 2004 con la espectacular e inesperada vuelta a Buenos Aires. Como fruto de alguna sinrazón cabalística, cumplía mi objetivo de regresar durante este 2008 a la ciudad que más me marcó la vida. No había tiempo, ni dinero, y del premio obtuve ambas, pues fue causa mayor para faltar en el trabajo.

La orilla sur del Río de la Plata me trajo vientos de otros rumbos, con olores antiguos a gas y libro viejo, y a esquina, y un aliño nuevo ciertamente inesperado, el humo de miles y miles de kilómetros cuadrados arrasados por la quema descontrolada de pastizales. Pero en lo interior fueron totalmente balsámicos. Nuevos reencuentros, algunos espectaculares, Mariela, la señora María, los peruanos fruteros, la gente del estudio, los chicos de la Austral, Majo y la cancha de San Lorenzo, por citar unos cuantos. Y Borja. Otros fueron primeros encuentros, porque me junté con conocidos virtuales con quienes no había platicado en vivo. En lo publicitario, un empujoncito a la experiencia.

Y a mi vuelta, a asimilar la gran noticia apenas comprendida desde un hotel porteño, el segundo puesto final en las clases y la opción de prácticas deluxe que acarrea (y que espero poder posponer y mantener). Nuevas historias de autobús, chorros de tinta por escribir y cientos de fotos por ordenar para tomar conciencia de esta vorágine de sucesos, casi todos increíblemente alineados en una misma dirección.





Oaxaca, primer vistazo al sur.

9 03 2008

Primeros días de febrero, comitiva cachanilla, defeña y morelense a Oaxaca ciudad y sus alrededores: el sitio arqueológico de Monte Albán y la cascada de piedra de Hiervelagua.

Era una de las últimas oportunidades para viajar en este ínterim de dos meses sin trabajar y entre las tereas del curso de creatividad.

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Enjoying Michoacán

11 02 2008

Con cierto retraso, subo el minirresumen del primer viaje a Michoacán, a mediados de enero. El objetivo era ver la mariposa Monarca, pero finalmente hicimos todo menos eso: Morelia, la histórica capital, Patrimonio Mundial; Pátzcuaro, más español que España; Janitzio, la isla indígena que parece Manila; y Tlalpujahua, un “pueblo mágico” con sorpresas varias. Por cierto, un viaje con mucha fauna (y disculpen el susto de la última foto, pero con esa fuerza no podía dejar de ponerla).

Más fotos en caminandoporlasvias.blogspot.com 
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Angst

2 02 2008

Angst, a la cama y con todo.

Sí, soy vulnerable.

Estado terminal en que la rabia

no verá el alcohol que la saque de ahí;

se enquistará, porque si el alcohol la saca

mañana será un gran martillo

el que la vuelva a meter adentro

en forma de arrepentimiento,

en forma metafísica,

y un asco brutal me corroerá,

y seguiré igual de Angst,

pero con una bala menos.

No puedo insistir

para que ella insista

para que así me extirpe

las ansias y yo pueda gritar

lo que ella desea gritar

pero ante sí misma

se dice que no debe.

Abajo el telón

y Angst,

a la cama y con todo.





Baja California & Chihuahua. ‘Short list’.

21 01 2008

Aquí van las 24 siguientes mejores fotos, las casi finalistas.

http://caminandoporlasvias.blogspot.com/2008/01/segunda-hornada_21.html

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Nuevamente, lo mismo: vayan al norte, el sur puede esperar. La Baja California, recóndito paraje, otra esquina del mundo que tenía mucho de patagónico en lo extremo de sus condiciones, sus atardeceres planos, sus vacíos y sus rectas infinitas, resulta así otro lugar maniqueo, un todo o nada de la naturaleza, apenas la línea recta del horizonte candidata a convertirse en la más preciosa de las geometrías si se adereza con una carretera en fuga o un simple sol vespertino, o la luna. Incluso, con un solo leve cambio de tonalidad. Por simple, era abstracto, y es que uno entiende por qué, tras la saturación visual de la mayoría de lo que entendemos por arte (el arte que entendemos), las líneas de -pongamos- Rothko, resultan más antiguas que el arte rupestre.





Baja California & Chihuahua. Top 16.

18 01 2008

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5GB de fotos -800 tomas- han requerido cuatro selecciones para llegar a un número que sea digerible al público. Aún y todo, 16 son demasiadas para WordPress, así que nuevamente, adjunto el link a caminandoporlasvias.blogspot.com.

Tengo 3 zips de 9mb cada uno -90×3 fotos aprox.- para quien se quede con ganas de más. Sólo hay que pedirlas, no las envío por no saturar.





La V del noroeste

17 01 2008

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Así es como quedó finalmente un viaje que fue construyéndose por el camino.

En rojo, el trayecto en ferrocarril; amarillo, carretera; amarillo intermitente, camino de tierra; azul intermitente, ferry o lancha y faltan 42 km de bicicleta, que a tal escala…ni se verían.

Los iconos con cruz representan misiones (la mayoría jesuitas, el resto franciscanas y dominicas); los bañistas, lugares donde hicimos playa (o termas); el triángulo verde, reservas naturales; la “corbata” granate, pinturas rupestres y la H con corbata son hoteles elegantes, obvio, como el Hotel California en Todos Santos o el inolvidable Hotel San Juan de Chihuahua.

Esto es para que abráis el apetito. En breve, muy breve, las fotos.