Non lego, río cual borrego.

30 04 2008

Iba buscando un albergue, al encuentro de Francesca, una amiga napolitana de mi época en Barcelona que estaba de visita. Ese día había cambiado de plan, había ido en camión hasta Chapultepec y casi por error había acabado en el metro del mismo nombre. El subterráneo estaba bien lleno, pero me había hecho un hueco entre las barras de hierro del vagón para ir leyendo, más o menos tranquilo, mi libro sobre cómo leer.

Inmerso en la lectura, no presté mucha atención a las paradas. Llegué a Salto del Agua y me bajé. Cuando ya casi alcanzaba la superficie por las escaleras cavernosas, me acordé que mi destino era la calle Isabel la Católica, y que su parada, también homónima, no era esa sino la próxima. Así que bajé de nuevo.

Entre las muy pocas labores de la Seguridad ciudadana está el enviarte a la zona de hombres si ingresas al andén del metro por la zona de mujeres y niños. Aunque no haya tales. Iba inserto en mi libro de tal forma que ya me había adentrado unos metros en esa área. “Por aquí no, por el otro lado joven”. Sin apenas levantar la vista, me disculpo del agente y giro sobre mi planta, en el preciso instante en que comienzo a oír una risa fácil y abierta que se multiplica hasta tres voces, para mantenerse constante. No le presto mayor atención, hasta que un grito gratuitamente jovial proclama “Es una niñaaaa”. No pensé en principio que esas risas fueran conmigo por haber dado unos cuantos pasos en falso, pero debido al preocupante nivel del humor mexicano en segundos me convencí de lo contrario. Risas mecánicas de adolescentes mecánicamente estándares, jeans y mochilita cuadrada con flequillos sin tijera se repetían y sostenían en el tiempo, como riendo todo lo que en una hipotética audiencia jamás provocarían.

Los chicos venían tras de mí, buscando el mismo andén e increíblemente bienhumorados, quién pudiera, a mi costa. Más molesto por la mediocridad de su hilaridad, su nulo criterio y la poca competencia que la mala risa tiene en este país, me giré nuevamente, ésta vez hacia ellos. “Está bueno que os riáis, pero ¿no tenéis otra cosa más interesante de qué hacerlo?”, espeté sonriente, intentando cierto sarcasmo. Inmediatamente obtuve como respuesta la cobardía supina del iniciador, que no sabía dónde meterse; lo gris del segundo, que sólo reía de la misma manera, impávido; y la condescendencia de un tercero que decidió hacerse el buenaonda. “Nooo, no te enojes. ¿Eres argentino?”, pregunta, con una ligera sonrisa naciendo y con aires de manejar la situación sobradamente. Uuuuh, cada vez peor, pienso. Aparte de su preocupante nivel humorístico había una obvia carencia de lectura -que era el quid de todo el asunto y ya había quedado demostrada. Y aún un lamentable sentido de la experiencia, de lo común, de historias de ciudad cosmopolita y de Historia, en fin último, de pendejadas que hacen que sepas que un argentino dice la she y un español dice la zeta. Muchas cosas que eran en realidad una sola.

Me giré nuevamente y le dijo que no, que era vasco. “¿Qué es eso?” -con todo pronóstico, esa pregunta era la respuesta. “Vale, español.” Ahora renegó de los argentinos, se declaró afecto a España –pese a su total ignorancia- y mientras subíamos al atestado convoy volvió a pedirme que no me empute. Como tratar de enseñarles algo parecía inútil en lo que dura una parada, y mucho más convencerles de que lean, ya sea el “jale” en una puerta, opté por fingir una amistad fugaz, temporal, de conveniencia hasta la parada venidera. Cuando nos apretamos en el vagón, uno de ellos comienza entre los demás el juego de los tocamientos sospechosos, que quén es el gay, quién es el puto que le está tocando. Estoy a punto de bajarme y dejar que la ignorancia siga su camino. Y cuando ya no daba cabida a la probabilidad de una pendejada mayor, algo sembró la boca del abusado y dejó salir un “Era mi mano, jajaja”. Mi no risa -¿dónde estaba el chiste?- se vio de pronto acorralada. Me salí por entre ellos, qué remedio, saludando, y algún puto de verdad sí tuvo tiempo de lanzarme una mano al trasero, ante las carcajadas desmesuradas pero inofensivas por vacías de los otros. Ni modo.


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