Al leer un artículo de Juan Cruz para El País sobre Buenos Aires, no he podido reprimir las ganas de un nuevo intento, el enésimo, de aproximarme a la esencia de la ciudad. Ya les anticipo que es una misión imposible, ahí está su gracia, pero se puede hacer mejor o peor. Aquí les va.
¿Por qué será que cuando escribe, cuando responde a otros, es cuando uno cree darse cuenta de qué tiene Buenos Aires que no tiene el resto? En dos palabras, con un juicio muy básico, yo diría que “arte” y “nostalgia”, siendo nostalgia un término comodín por todo lo que esconde. Sería sólo un ejemplo, pero aún así no habríamos avanzado nada. El asunto se parecería un poco al del huevo y la gallina, o a una ilustración de Escher.
Para empezar, y sin lanzar las campanas al vuelo, la ciudad tiene en mi caso una diferencia tangible y mensurable, que es algo muy valioso para resolver tamaña empresa. Es la única ciudad que ha metido en mi casa, en todas mis casas, literatura urbana. Me refiero a aquella que tiene la ciudad como tema, como sujeto activo. Además, es la ciudad donde abandoné mi diario de casi siete años pero, viendo más allá de eso, fue la única ciudad que me hizo cambiar lo que he desayunado hoy, y hoy, y hoy por verdaderas historias libres de la tiranía del tiempo. Porque no dejé de escribir, sino que aprendí a hacerlo. Allí conocí una nueva voz, una nueva etiqueta transversal para poner género y cierto sentido a algunos acontecimientos que, ahora que los sé nombrar, se me abalanzan en Barcelona, en México o dondequiera que esté. Son historias mínimas. Diferentes intentos de buscar el principio a geometrías… complicadas, dejémoslo así para no desesperanzarnos ya.
(Antes de profundizar, un apunte disuasorio: sus teatros, librerías y mercados no son la razón de ser de Buenos Aires, sino el corolario, el marco. Volvamos pues a donde estábamos.)
Hablar de la ciudad es hablar de sus habitantes. Su orgullo no es como el orgullo gringo, por ejemplo, sino bien antagónico. No es orgullo de haber llegado lejos, de dirigir al mundo previa victoria en el concurso colegial estatal de matemáticas. No. Es algo muy distinto que no se basa en resultados, pese a la fama de autoensalzarse de los porteños, pues si atendemos a los intentos por “curarse”, resultados no hay muchos. Es un orgullo que sólo puede darse en quien está a la cola casi por decreto (por un decreto que se sanciona y se deroga cíclicamente, a cada crisis de la economía). Es el orgullo del intelecto, de la resistencia mental. Es el del lado oscuro, el de la cara B, del destierro y la colonia, de la ausencia de un pasado común, del ser del sur –perdón: del Sur. Es como si, resignados a repetir inexorablemente su propia historia, su bien más preciado fuera la capacidad de pensar y de pensarse a sí mismos. No es que el medio justifique el fin, ni que no lo justifique, sino todo lo contrario: da la sensación de que el fin es el propio medio. El medio es el mensaje, en versión austral.
Es opinión compartida que las dificultades avivan a uno. Pero hay más. Esa falta de fin último, al menos presente en algún momento, no les hace vagos. Por el contrario, les sume a los porteños en un estado de nostalgia, de saudade (de fustigación, porque se encantan y se odian), de resignación (pero con bronca al mismo tiempo), que es el estado más productivo de la mente. Y si llegan alto, es por esta vía, porque de tanto pensarse y no llegar a nada, se conocen mejor que nadie.
Esta ‘no finalidad’ como tal también explica algunos hechos cotidianos. En Buenos Aires, puedes entrar a una librería y salir tres horas después sin libro alguno. El librero tampoco habrá vendido ningún ejemplar, pues se ha pasado las tres horas disertando contigo sobre el rumbo de la historia a ambas orillas del Atlántico, sobre política y sobre filosofía.
En Buenos Aires puedes especialmente estudiar en los parques, porque aparte de cacas de perro, también abundarán historias tan perdidas que jamás las hallará Google. Puedes encontrar restos naufragados de las invasiones inglesas o del virreinato bajo cualquier boina y algo de pelo blanco.
También puedes ir al fútbol, en este caso en busca de estrategia, picaresca, poesía, (“San Lorenzo inclinó la cancha en pos del gol”) …pero también sociología. Aquí, más que en ninguna otra parte, el fútbol es la guerra de los tiempos modernos. A veces, ni el resultado cuenta, y los barrabravas se pierden los goles de penal por preferir dirigir el festejo para que el contrario lo escuche mejor. Los cánticos al rival y las putiadas al árbitro arrollan en importancia al veredicto teórico del resultado, ya que por no haber, no hay ni marcadores. De hecho, camuflan los títulos con el cómputo histórico entre rivales, y en función de quién lleve la delantera establecen quién es papá de quién. Si importa el resultado del domingo, eso es para ver con qué temperamento encaran su vida a partir de ese momento.
Y así es la ciudad, puro reflejo colectivo de su carácter individual. Gallarda, envidiosa, apasionada. Pareciera que nada anda derecho. Su urbanidad es decrépita, ruinosa, huele a gas y a humo. Resultado de un ritmo frenético donde todos los días cae la misma noche. No parecen ingredientes suficientes para engendrar vida. Pero nada más lejos de la realidad. La sola decrepitud no puede captar tantos adeptos: es un gigantesco caldo de cultivo.
El afán de saber y de experimentar, de practicar -ya sea verbalmente- toda la teoría acumulada en esa rutina vertiginosa, es el origen de los parques como ágoras, de las librerías que surgen como setas y de los cines abiertos desde las diez de la mañana exhibiendo puro cine local.
Y lo bueno, lo más solidario, es que eso se contagia. Al cabo de unos meses de convivencia (y connivencia) le llega a uno de pronto, pero poco a poco. Es un estado de punto muerto dentro del vértigo, es como alcanzar la velocidad crucero dentro del ritmo citadino. Se olvidan el caos, el humo, los gritos, o quizás es que se adoptan como propios, y por eso comienza uno a usar palabras argentinas más rápido que en otro lugar usa las palabras locales.
El resultado de ese afán de la experiencia, el ritmo creador, de producción propia, varía. Pero si uno no exterioriza y da vía libre a sus vivencias plasmándolas de algún modo, si uno no las materializa, las repiensa y las pare, se infla irremediablemente como un chicle humano cada vez con más presión. La cabeza no descansa ni cuando tiene que hacerlo, pensar deviene en una droga. Y como droga, es difícil salir. Para mas inri, es una droga temprana, porque hace que ya desde chavitos, en lugar de jugar a la Play como tres de cada cuatro niños entre los que yo crecí, los pibes porteños, eterna cantera, hacen teatro, fotografía y cine. Y el cuarto, ese sí, juega a la Play. Pero al juego de fútbol, ese de la estrategia, del pueblo y de la pasión, que también es un arte.
Como en las figuras de Escher, no me queda sino la sensación de haber avanzado, pero no sé en qué dirección. Buenos Aires no merece ser desentrañada tan fácilmente. Así que, habiéndome aproximado o alejado, lo dejaré en pura ilusión.
chapeau!!
¿¿chapeau o chapó??
EGUNON SOBRINO
TE ECHAREMOS DE MENOS MAÑANA EN MAEZTU, (cumple de la abueli y 50 años de carlos)
AUNQUE NOS TOMAREMOS UN POCO DE PAELLA Y DE CAVA A TU SALUD.
A OTRA COSA, ENHORABUENA POR EL PREMIO…, DISFRUTALO TODO LO QUE PUEDAS, Y DE LO DEMAS QUE COMENTAS DE BUENOS AIRES, ESTOY BASTANTE DE ACUERDO CONTIGO Y ESO QUE NO LO HE VIVIDO, PERO SI HE VIVIDO-COMPARTIDO VIDA CON ARGENTINOS-AS.
YA SEGUIREMOS CON ESTA FILOSOFIA EN OTRO MOMENTO, QUE HAY PARA RATO.
¿YA SE VAN ARREGLANDO LOS DESCOSIDOS VITALES?. ESPERO QUE NO HAYA SIDO UN ROTO MUY GRANDE, QUE IGUAL TE ENTRA FRÍO Y COGES COSTIPADO. ASI, QUE A COSER Y ZURCIR….
UN ABRAZO. TU TIO DE LUBIANO.
Y A PROPOSITO DEL CHAPEAU-CHAPO
” AU REVOIRE, COMO DIJO VOLTAIRE,
ECHANDO EL CHAPEAU AL AIRE
Y CERRANDO LA FENETRE
PA QUEL AIRE NO PENETRE”.