Christmas in Mexicali

24 12 2007

0z250105-large.jpg

Comenzó mi viaje a la Baja California. Por tres días estamos en Mexicali, capital fronteriza del estado, tierra de coyboys sin caballo donde virgencitas iluminadas son las reinas cantineras. En estas fechas, atardeceres interminables parecen no aceptar que el año está expirando. Atrás el estrés del D.F., literalmente, aquí me siento entre algodones.

0z220021-large.jpg

0z250096-large.jpg

0z250089.jpg

Quien estuviera en su día en la Expo de Sevilla, quizás recuerde el sahuaro o cáctus gigante que aportó México… y que ayudó fortalecer entre nosotros el pobre silogismo cáctus gigante + sombrero gigante = México. Helo aquí, dos veces transplantado, el mismito.

0z220033-large.jpg

0z230051-large.jpg

0z230046-large.jpg





Finally at Teotihuacan

10 12 2007

Ya era hora. Tanto dejarlo para más tarde, aún no nos habíamos acercado a Teotihuacan, pese a estar sólo a una hora del Distrito Federal. Nos juntamos Murcox y Rosana -los venezolanos- y yo y salimos a respirar un poco de aire puro y, además, ancestral. El sitio arqueológico se compone de un gran paseo, la Calzada de los Muertos, en cuyos extremos están el Tempo de Quetzacoatl y la Pirámide de la Luna. A un lado de la calzada, a mitad del trayecto, se encuentra la Pirámide del Sol, aunque al parecer estaba dedicada al dios del agua. La teotihuacana era una civilización por sí sola, construyó estas pirámides casi un milenio antes que Chichén Itza y con una altura mayor (65m. la Pirámide del Sol).

0z080028-medium.jpg

Arriba, la Pirámide del Sol. Abajo, la de la Luna y otras tomas desde lo alto de la primera.

0z080029-medium.jpg

0z090045-medium.jpg

0z090044-medium.jpg

0z090035-medium.jpg

0z090055-medium.jpg

0z090069-medium.jpg

Abajo, de nuevo la del Sol, ya sin Sol.

0z090076-medium.jpg





Shikaawka

27 11 2007

Hace una semana me tomé un respiro en Chicago. Fui a visitar a David y María en su experiencia creativa paralela en los reinos del frío.

0z180012bn-large.jpg

Aterricé a -3ºc, algo que se me había olvidado viniendo de México, pero que no se me olvidará jamás ya que, fruto de la incomunicación telefónica y de que mis nudillos no golpearon lo suficiente en su puerta, deambulé durante muchas de las horas de la noche en torno al 1665 de West Thomas St. Al amanecer, cuando ellos salían al trabajo, por fin nos encontramos ante la incredulidad mutua de mi desventura. El tiriteo y el rechinar de dientes se me pasaron con una siesta que me consumió casi todo el día natural de mi primera jornada de viaje. No pude contener la rabia de no haber escuchado la alarma y salí corriendo con todo mi arsenal textil camino del metro. Anduve durante cinco horas para resarcirme con la libertad que da una ciudad totalmente desconocida. El frío me golpeaba la cara y yo sólo hacía clicks con la Olympus, casi desempolvada para aquel esperado momento.

(Perdonen el resumen posterior por problemas de tiempo. Posiblemente lo subsane en unos días).

El segundo día fue de paseos compartidos por el centro y de noche larga. El tercero, el arquitectónico, que ocupó Van der Rohe con su campus del ITC, los “Winnans de Chicago” cantando en el metro y paseos y dulces en Andersonville. Y el cuarto, el propio, el personal, el del Art Institut y el “agarra la cámara” y vete lejos para conocer las sorpresas de Oak Park, la casa de Hemingway con la inolvidable guía del viejo amable y las primeras obras maestras de Frank Lloyd Wright, todo ello entre montañas de hojas ocres recién caídas.

Las fotos están en:

http://www.facebook.com/editphoto.php?aid=21040&id=572548135

http://caminandoporlasvias.blogspot.com/





Sohee

13 11 2007

Es infinito el número de cruces visuales, verbales o simplemente alusiones mentales que hacemos entre las personas que compartimos un espacio, llámese ciudad. Recuerdo que, de chico, una vez me preguntaron sobre qué era el mundo para mí. Y yo respondí que era como un gigante árbol genealógico con infinitas ramificaciones bocetadas que se iban rotulando y remarcando al ritmo de las elecciones que cada persona hiciera. Mientras descargaba mi respuesta me daba cuenta que no era así como me lo imaginaba, no veía en una forma física ni me imaginaba árbol alguno por ningún lado, ni por transparente que fuera. No sabía a ciencia cierta por qué decía aquello, en cierta forma estaba mintiendo. Pero imaginaba que en algún lugar entre bambalinas existía un gran esquema, un mapa conceptual bidimensional, una gran ecuación con las variables de la geografía y la historia mundial. La primera daba vueltas sobre el eje terrestre, era finita para el mundo, pero la segunda se extendía hacia el pasado casi infinito.

Ya entonces me intrigaban las casualidades. Pensaba en la cantidad de ramificaciones que iban a marcar caminos aproximados sobre la faz de la Tierra, pero que quizás nunca se encontraran. Imaginemos que al cabo de años de conocer a alguien, en una ciudad a 5.000 kilómetros del encuentro, esa persona entra al bar contiguo al que estás tú. Luego tú sales y pasas frente a su bar, y cuando él sale se aleja de nuevo para volver a aquellos 5.000 kilómetros, o más. Hay algo de terrible en esto.

Desde entonces, me han pasado innumerables casos. Mis conocidos se asombran ante los relatos y aparentan entrar en cuentos de hadas en los que yo parezco ausente, o al menos ausente de conciencia. Yo lo atribuyo mayormente a que me muevo mucho, porque la tipología de estas casualidades es más espacial que temporal, pero no faltan momentos en que uno tiene la impresión de ser un Truman en su propio show.

Las coincidencias en el día a día con mi amigo José; las siete veces que saqué el siete de oros en una noche blanca y helada junto a la estufa de la casa de Otxandio; Marta, la chica del metro de Barcelona de los tres encuentros y su propia historia pareja; el triángulo que cerré al llegar la DF con mi conexión argentina, que luego fue aumentando para ser un polígono difuso; las visitas al entonces Word Trade Center, a Praga y a Budapest, justo antes de cada desastre; las dos matrículas de coche que decidí no comprar y que luego encontré en plena calle los dos días siguientes… y por el contrario, los interminables robos de cámaras. Soy demasiado racional para atribuciones inciertas, pero no me gusta pensar que todo tiene explicación. Quizás a la casualidad hay que buscarla, como a la suerte, pero a partir de allí, suerte es.

El viernes pasado, aquel salón estaba por cerrar. Mientras mi amigo bailaba, como podía, con la borrachera y con el sueño, algo brilló en la moqueta entre sus pies. Me acerqué y pronto sospeché de aquello. Me sucede que imagino muy pronto los subacontecimientos que se producen en la ciudad e interpreto que han sido puros caprichos del azar, pero precisamente porque todos son posibles, por eso no me sorprenden. Pese a que nunca me había ocurrido, sabía que estaba por levantar una fotografía de carné pisoteada. ¿Qué hacía allí? Era una bonita cara oriental que se veía grotescamente ninguneada por las huellas. Se había perdido a más de 15.000 kilómetros de su casa, alguien la había dejado caer cuando ella estaba ausente y no podía percatarse. Pero le daba igual. Intentaba mantener toda su dignidad. Y a mis ojos, la mantiene. ¿Por qué no era una chica común? Es imposible dejar de interpretar. La historia era bonita y por algo la chica tenía que ser bonita para que yo siga imaginando. Pero bien lejos, bien imposible saber quién es, si no nada tendría sentido. Me pregunto quién la habrá perdido. Quizás el fin de la carambola era que esa noche yo imaginara y las cosas se dieron así.

Hay eventos que suceden porque hay muchas variantes y alguna debe suceder, pero hay otros sucesos que se antojan demasiado expresivos, que parecen ocultar un mensaje demasiado grande como para no ser parte e una película de esas en que la vida se nos revela fuera de lo que la rutina nos plantea como posibles probables.

 

sohee-anv.jpg

sohee-rev.jpg





Ya hay fecha de vuelta a casa (sólo de visita)

6 11 2007

Qué ilusión hace contarlo. Y que el vuelo no sea antes, ni después. Viajaré sólo de visita -pues el proyecto México tiene al menos un año largo a partir de hoy- pero aún falta. Será el próximo marzo: el 13 salgo hacia allá, llego el 14 temprano a Madrid, pierdo el enlace a Barcelona y subo por carretera a Vitoria. A la vuelta me dirijo a Barcelona, allí visito unos días a alguien que extraño mucho y el domingo 23 tomo un avión de vuelta a Madrid, que sin apearnos, continuará hasta el DF.

Lo bueno es que, aparte de poder ya fijar una fecha en el calendario, me ha salido a la mitad de lo que cuestan los billetes para navidades.

:)





Día(s) de Muertos

3 11 2007

Aquí no hay ‘Todos los santos’, sino ‘día de Muertos’. Porque nadie mira a la muerte de reojo, sino de frente. Desde el jueves al domingo, la muerte baila con todos.

pict0410-large.jpg

pict0407-large.jpg

pict0436-large.jpg

pict0449-large.jpg

pict0582-large.jpg





Rocktubre, redoble final

31 10 2007

Aaaaau. Alma y cuerpo no son indisociables. Ayer era lunes: mi mente era plenamente consciente de ello, me sacaba a rastas del catre, pero el cuerpo pedía más cama. Mucha más cama, la necesaria para recuperar a las piernas de miles de botes y a los oídos del eco de notas interminables. Resultó ser una semana más intensa de lo esperado aunque, por musical, fue casi monotema.

pict0166-large.jpg

GRIMINELLI & SEGRE.

El miércoles pasado, por sorpresa, terminé viendo al flautista italiano Andrea Griminelli en el TEC de Monterrey, en Atizapán, al norte del DF. Creo que con Ian Anderson (Jethro Tull) y con Griminelli me malacostumbré de inicio a los conciertos de flauta. Este músico, presentado en 1984 por Pavarotti y considerado quizás el mejor flautista del momento, desarrolló un repertorio circense de acrobacias sonoras imposibles. Para los no experimentados, palabras de un no experimentado: pareciera que tuviera dos bocas y cuatro manos, pues sus túneles y corbatas sonoras parecían salidas al menos de dos flautas. Y todo ello arreglado sobre “El vuelo el moscardón”, “Carmen” o algún tango de Piazzola. Yann y yo, conteniendo la sonrisa, nos mirábamos con la cara de dos víctimas de una broma.

THE DOORS, 40TH ANNIVERSARY.

El viernes era otro día especial. Por fin iba a conocer el Auditorio Nacional con unos invitados de lujo: The Doors. Hasta el momento en que vi en un cartel callejero que el grupo favorito de Jose, que él constituyó como la banda sonora de aquella etapa de nuestras vidas que llenamos con patines y hockey, visitaba el DF, no tenía constancia de que mantuvieran su actividad. Me perdí el concierto del día 4, pero por suerte su gira hacía algunas cabriolas y les traía de nuevo al Auditorio el viernes 26. Esta vez me anticipé y compre dos boletos, para acudir con Charlex. No me hizo nada de gracia saber que ni siquiera Ashbury venía con ellos, ya que había vuelto a The Cult. Ya era bastante frustrante pagar por ver a los amigos de Jim como para, encima, no escuchar ni a su logrado sustituto. Por un momento me arrepentí de tener el boleto encima. Pero esta política de siempre sumarse a la experiencia sigue resultándome bastante válida, y entré al gigantesco escenario dispuesto a que, por lo menos, las melodías doorsianas me entretuvieran haciéndome imaginar unos instantes de su época.

El lugar no estaba lleno, pues no es fácil copar un aforo selecto de 7.000 almas por segunda vez y se veían unos quinientos asientos vacíos. En patio de butacas, todos escuchaban de pie y sólo algunos bailaban, igual en el anillo superior del graderío; sin embargo en el mío, excepto en los laterales, toda la audiencia escuchaba reposando el culo. Alguno tapeteaba con el zapato o ligeramente movía el cuello, y yo me estaba poniendo malo . ¿Cómo es posible una audiencia tan fría? ¿Qué ha sido de los aplausos y gritos del inicio? Brett Scallions (ex cantante de Fuel) hacía todo lo posible no por emular a Morrison, sino por acercarse, a su manera, al grado de espectáculo que proporcionaba éste. Y, para lo difícil de su empresa, digamos que lo lograba. Concluí que escuchar a los Doors sentado era una gran aberración, y una falta de respeto no menor que ponerme en pie en mi lugar y empezar a bailar. Por suerte me había tocado un lugar junto al pasillo, así que no molesté a mucha gente y, al rato que miré hacia atrás, en lugar de incriminarme un buen grupo de gente había decidido estirar las piernas y el esqueleto. Así permanecí todo el concierto, disfrutando como un crío, hasta dejarme la voz junto a otros muchos para lograr la postrera “Let my Fire”. Fue como un diluvio en plena sequía que hizo dar botes y toda clase de saltos al personal, pues teniendo en cuenta que la vieja guardia la forman la guitarra y los teclados (Krieger y Manzarek, respectivamente), ésta era hoy, a mi juicio, la pieza más Doors posible de todo el repertorio Doors. A la postre, dos horas que valieron tanto o más que cientos de grinds y slaps de aquellos de los quince años.

MANIFEST’07.

El sábado me desperté a eso de las 15h. Tras el concierto del día anterior habíamos ido a cervecear a una taquería y luego a un antro, y mi laptop y los emails estaban a punto de declinar por mí definitivamente el Manifest. Pero se despertó Borja, dudamos, lo olvidamos por un rato, retomamos el tema y, tras agarrar unas cuantas tortas para comer por el camino, nos fuimos corriendo a por un taxi que nos acercara al bus de Santa Fe. A bordo, nos dimos de bruces con Chico y Víctor, dos amigos a los que esperábamos ver quizás entre el gentío pero que probaron nuevamente que el DF, si bien es la ciudad más grande del mundo, también puede quedarse corta.

La organización fue pésima, perdimos mucho tiempo buscando bebida y comida (causa de que nos saltáramos a Teddy Bears por completo), pero el hecho de regresar a un festival que sustituyera en forma al deseado Summercase’07 podía con todo desánimo. Haciendo balance, al llegar, nos quedamos apenas con el postre de The Withest Boy Alive; después pasé sin ton ni son por los escenarios de los enfervorizados The Rapture y los kitsch The Horrors, ambos arrinconados en un enorme mar de adolescencia ultramoderna, y agradecí al frío cielo de ese atardecer el eclecticismo, la naturalidad y la clase de Yo La Tengo, casi desconocidos para mi sorpresa por estas tierras, pero que lo dieron todo en un interminable sprint final que dejó a fans y (hasta entonces) no fans absolutamente vuelta al aire.

Aún quedaba la cabeza del cartel, nada menos que Interpol, que para mí eran más una alusión nostálgica a los viernes de Razzmataz en Barcelona y conocidos más que nada por las comparaciones con Catpeople. Tenía muchas ganas de verlos para poder buscar similitudes, pero diré que aunque maravillaron al personal y por momentos a mí también, sus coincidencias no son tantas y que me quedo -imparcialmente- con mis laureados amigos vigueses.

Dos meses de dudas alrededor de la asistencia al Manifest terminaron con un dulce sabor de estómago, aunque sólo cuando, por fin al salir de aquel campo de inanición inducida, pude llenarme el buche en ese espeluznante mirador citadino que es el piso de Cassandra.

LOS AUTÉNTICOS DECADENTES.

Quién lo diría. El día de resaca oficial no fue tal, madrugué para ir a clases de Alemán y, tras ellas, pateé y pateé la ciudad hasta llegar a casa con los pies escocidos tras más de cinco horas de expedición por el vacío centro, desde la colonia Roma hasta el frontón México. La tarde noche era para hacer balance de las últimas fotos, recopilar tickets de los últimos espectáculos y escribir unos cuantos mails. En ese momento me acordé de Gabriel y su propuesta por sms. Decidí llamarlo y, tras desearle un buen concierto de Los Auténticos Decadentes y excusarme por mi extensa borrachera de recitales, me arrepentí inmediatamente. Lo llamé de nuevo, me puse chamarra y gorro y salí a buscar un taxi.

En el antiguo Salón 21, aún no había aparecido ninguno de los once decadentes pero la megafonía y las rolas de La Bersuit ya habían hecho brincar a los cientos de argentinos con sus remeritas futboleras y otros miles de mexicanos ‘argentófilos’. Al poco, salieron todos en tromba y la sala se convirtió en una bacanal de gritos, saltos, empujones, manos rectas arriba y un torrente de voz único y atronador. Fue la previsión de fiesta plena, de locura mezcla de grada popular de cancha de fútbol y de verbena de pueblo de Euskadi lo que me decantó. Letras pegadizas y repetitivas, “Piratas”, “Primas lejanas” y “Ositos de Taiwán”, sustituían virtuosismo por ingenio, oficio y una encomiable puesta en escena. La música es fiesta y los latinos son pura fiesta, o eso creía yo, aunque tuvieron que venir del país menos latino de todos para recordarnos que, felizmente, estamos muy vivos.

MIÉRCOLES 31, SABINA+SERRAT: DOS PÁJAROS DE UN TIRO.

En breve.





Imprime tu huella

24 10 2007

Borja y yo nos estrenamos oficialmente. Ya se han publicado gráficas, se han ganado cuentas, nuestro book ha crecido en truchos y se mascan algunos spots, pero esta campañita de lonas para Xerox en la Feria del Libro del DF es la primera que reconocemos como “hija legítima”, pues se han dado al mismo tiempo tres factores: se ha publicado, hemos tenido noticia de ello y, para lo que era, nos ha gustado.

pict0039-large.jpg

pict0044-small.jpg

pict0040-small.jpgpict0046-large.jpg

pict0043-large.jpg

En otro orden de cosas, ya preparo las navidades entre Baja California y la California estadounidense, con sede en Alex’s y Mexicali. Y ya he confirmado mi visita a David en Chicago para el 16-20 de noviembre. ¡Llega un poco de movimiento!





Rocktubre en el DF

17 10 2007

pict0011f-medium.jpg

Estamos sumidos en pleno rocktubre, como se le ha dado en llamar aquí. Todos ajustan sus looks, incluido Hash, el afgano. (¿Por qué el único día en que te sueltas el pelo te sientas en una terraza al lado de los dueños de un afgano, ante las risas de tu amigo que te espera y de los propios dueños, antes de que tú puedas abrir la boca?).

Es un mes para saldar cuentas pendientes. El día 6 presencié el último concierto de la historia de Héroes del Silencio en América; mañana veré, por fin, a Lacrimosa; el 25, a The Doors con el ex cantante de The Cult; el 27 a Interpol, Yo La Tengo y más grupos en el Manifest, y cierro rocktubre con Sabina y Serrat, para suavizar. Y me pierdo a The Cure, a Soda Stereo, a Los Decadentes o a Corcobado porque me coinciden, no dan las fechas o la pasta. Santo mes, no acabes.





Liebe gegen die Wand.

5 10 2007

0z010098-medium.JPG0z010099-medium.JPG0z010100-medium.JPG





Atascos

4 10 2007

0z010077-mediumc.jpg

Incluso al humo le cuesta moverse sumido en un atasco capitalino.

La mano de Borja, resignada ante la ventanilla del auto de Mau.





Una tarde en Canadá

26 09 2007

Se llama parque Los Dinamos. Al suroeste del DF, a sólo 5 minutos de las últimas casas de la periferia, altos cerros resguardan el cañón del río Magdalena. Durante el porfiriato (circa 1910) se inauguraron junto al río cuatro centrales eléctricas que debían abastecer a la industria del sur del Valle de México. Las pequeñas presas que se levantaron en piedra se camuflan entre las propias rocas, y sumadas a lo escabroso de un tupido bosque, conforman un pulmón verde donde sólo se oyen los saltos de agua amplificados por la forma del valle…

0z230108-large.JPG

…pero si giras la cabeza hacia el este, se ve el estadio Azteca y toda la ciudad. ¿Dónde estamos?

0z240127-large.JPG

Definitivamente, es un sitio peculiar.

0z240141azul-large.jpg

Porque los pies tienen seis dedos, para empezar.

0z240119-large.JPG

Miren el botxo (escarabajo), parece una maqueta.

0z240114-large.JPG

Back to the 60’s.

0z240143-large.JPG

Ver para creer.





Un poco de paz en Cuernavaca y Tepoztlán

25 09 2007

0z230038-large.JPG

The bean indian.
Parte de un mural hecho de frijoles.

More many pics on this trip in www.caminandoporlasvias.blogspot.com

Más fotos en www.caminandoporlasvias.blogspot.com.

El topónimo de Cuernavaca viene del náhuatl “Cuauhnáhuac”, que significa cerca del bosque. Algún listo conquistador le puso Cuernavaca porque no sabía pronunciarlo… En fin. Su icono principal es el palacio de Hernán Cortés, un precioso edificio con fachada renacentista muy salmantina.

Tepoztlán, de donde son las mayoría de las fotos, es un pueblito entre prominentes peñascos revestidos de intensa vegetación, al rededor de cuya pirámide azteca circuan historias de energías y de ovnis. (La pirámide está en el monte, sólo se ve un pequeño triángulo que dejamos para visitar otro día) El mercadillo local rebosa de productos budistas e indígenas americanos, se escucha chill out oriental y mucho Putumayo. En los puestecillos de comida, para nosotros exótica, me comí un par de saltamontes tostaditos (chapulines). Se llamaban Pepe y Pedro…





El gol de Sanfilippo

18 09 2007

No encontraba la cartera. Eran las cuatro de la tarde y los compañeros del trabajo me animaron a ir a buscarla a casa. Justamente ese día, merodeaban por la planta los obreros que estaban reformando el edificio. Desconfiando más que yo mismo, me convencieron.

Con un poco de suerte, calculaba poder estar de vuelta a eso de las cinco, lo justo para preparar la conferencia con Dallas. Así que bajé las escaleras raudo y a pleno sol crucé las calles, ya casi desiertas tras el trasiego del mediodía. Era la primera vez que salía en pleno trabajo, pues las normas se dice que son estrictas y nunca lo había comprobado. Me situé del otro lado de la calzada en la avenida Cervantes, por donde pasa el pesero verde. Al minuto vislumbré uno en el horizonte, una sombra cuadrada que se tornaba musgo brillante al emerger bajo el hormigón del puente. Al llegar a mí extendí la mano en señal de parada, pero el tipo que iba al volante pasó de largo. No entendí nada. No era hora punta. No iba completo, ni tampoco vacío. Ni que hubiera que esperar en la parada… No me gustaba la idea de ausentarme, no tenía permiso del jefe, y comencé a caminar hacia delante por el lado de la calzada, como si quisiera avanzar terreno. Poco útil, al menos era mejor pasarratos que esperar plantado. Caminaba de frente, de lado o hacia atrás, vigilando el escaso tráfico. Apenas veía algún mecánico achicharrado en su mono y el sol que ya me hacía sudar, bien arriba. Se acercó el segundo, alcé la mano y pasó de largo, aunque se detuvo a los pocos metros, en un semáforo. Eché a correr y sólo conseguí sudar más. Cabrón.

Seguí caminando, resignado, aprovechando los pocos árboles que hacían sombra. Por suerte son rápidos y pasó el tercero. Hizo lo debido, el tipo paró y saludó amablemente. Como cada vez que entro, todos los pares de ojos a bordo, caras mustias y en silencio, se cruzaron con los míos. (Yo haría lo mismo, hay pocos placeres mejores que mirar las caras de quien sube.) Y como casi siempre, algo intimidado, busqué un asiento. Había un hueco en la banqueta alargada lateral, y allí me metí en pleno zarandeo ruidoso. Era como ir a por leña en un Land Rover de los viejos. Entre bache y bache, entre culo de gorda y culo de gordo, abrí mi librito, el mismo libro de fútbol que tan buenos momentos me deparaba. De golpe, el mundo se dio vuelta. O yo me di la vuelta, el caso es que pasé del lado de adentro del libro. No pude despegar las pupilas de lo que leía, no estuve por más tiempo presente en aquel autobús.

Era una carta recibida por Galeano de parte de Osvaldo Soriano, y el autor la transcribía tal cual. Osvaldo hablaba de un club porteño, nos mandaba a Eduardo y a mí al barrio de Boedo y me plantaba ante un gigante supermercado Carrefour. Yo no podía creerlo. Iba a leer aquella triste historia que, hace casi tres años, Dieguito me contaba sobre mi amado club de adopción y su antiguo estadio, que tuvo que vender empapelado de deudas. En el libro, Osvaldo se encontraba con una antigua leyenda llamada Sanfilippo, ya un viejito, que al parecer iba a narrar un gol que hizo. A veces me siento ridículo cuando tengo que argumentar que me hice cuervo fervoroso, pero recordando la pasión de aquel graderío me pido perdón a mí mismo y a mi Glorioso de toda la vida.

[...] “Le dije al cinco, que debutaba: no bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. [...] El chico, Capdevilla se llamaba, se asustó, pensó: a ver si no cumplo”. Y ahí nomás Sanfilippo me señala la pila de frascos de mayonesa y grita: “¡Acá la puso!”. La gente nos mira, azorada. “La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ¿ve?” –me señala el estante de abajo, y de golpe corre como un conejo a pesar del traje azul y los zapatos lustrados–: “La dejé picar y, ¡plum!”. Tira el zurdazo. Todos nos damos la vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el arco hace treinta y tantos años, y a todos nos parece que la pelota se mete arriba justo donde están las pilas de radio y las hojitas de afeitar. Sanfilippo levanta los brazos para festejar. Los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo.

 

El que lloraba casi era yo. Me duró prácticamente todo el recorrido y lo imaginé todo perfectamente. Lo había leído atentísimo, sin querer avanzar porque por el rabillo del ojo veía dónde estaba el final, y era pronto: no quería que terminara, como quien quiere parar el tiempo al despedirse en la estación. Me sentí un poco loco en tierra lejana, mirando abajo, sin perder de vista ese hilo de cordura que me venía del libro –señores, tiene explicación, pensaba, ¡y además yo no tenía que estar aquí!- entre gente que volvía a sus casitas hundida en las butacas de muelles, asintiendo al compás de los baches, y que seguramente ni había oído hablar de esos colores que a mí me ponían los ojos vidriosos.

¿Te gusta leer?

¿Qué?

Que si te gusta leer. Es un separador, para que lo guardes.

Ah, oh… gracias. Muchas gracias.

Era casero, plastificado, un poco kitsch y en blanco y negro. Le di la vuelta y leí, para mí: “Porque en la soledad me siento acompañado, es que siempre tengo un libro a mi lado”. Embobado, estaba llegando a mi casa.

Sabe… mi padre los colecciona. Pero creo que éste no se lo doy a dar.





Los gachupines no gritaron

17 09 2007

retrato-de-a-2.jpgEra la noche del Grito (197 aniversario de la independencia Mexicana). Para nosotros (gachupín es todo lo que provenga de España) no fue un día muy patrio, pero sí lo celebramos en una gran fiesta en el subsuelo de una villa.