Aaaaau. Alma y cuerpo no son indisociables. Ayer era lunes: mi mente era plenamente consciente de ello, me sacaba a rastas del catre, pero el cuerpo pedía más cama. Mucha más cama, la necesaria para recuperar a las piernas de miles de botes y a los oídos del eco de notas interminables. Resultó ser una semana más intensa de lo esperado aunque, por musical, fue casi monotema.

GRIMINELLI & SEGRE.
El miércoles pasado, por sorpresa, terminé viendo al flautista italiano Andrea Griminelli en el TEC de Monterrey, en Atizapán, al norte del DF. Creo que con Ian Anderson (Jethro Tull) y con Griminelli me malacostumbré de inicio a los conciertos de flauta. Este músico, presentado en 1984 por Pavarotti y considerado quizás el mejor flautista del momento, desarrolló un repertorio circense de acrobacias sonoras imposibles. Para los no experimentados, palabras de un no experimentado: pareciera que tuviera dos bocas y cuatro manos, pues sus túneles y corbatas sonoras parecían salidas al menos de dos flautas. Y todo ello arreglado sobre “El vuelo el moscardón”, “Carmen” o algún tango de Piazzola. Yann y yo, conteniendo la sonrisa, nos mirábamos con la cara de dos víctimas de una broma.
THE DOORS, 40TH ANNIVERSARY.
El viernes era otro día especial. Por fin iba a conocer el Auditorio Nacional con unos invitados de lujo: The Doors. Hasta el momento en que vi en un cartel callejero que el grupo favorito de Jose, que él constituyó como la banda sonora de aquella etapa de nuestras vidas que llenamos con patines y hockey, visitaba el DF, no tenía constancia de que mantuvieran su actividad. Me perdí el concierto del día 4, pero por suerte su gira hacía algunas cabriolas y les traía de nuevo al Auditorio el viernes 26. Esta vez me anticipé y compre dos boletos, para acudir con Charlex. No me hizo nada de gracia saber que ni siquiera Ashbury venía con ellos, ya que había vuelto a The Cult. Ya era bastante frustrante pagar por ver a los amigos de Jim como para, encima, no escuchar ni a su logrado sustituto. Por un momento me arrepentí de tener el boleto encima. Pero esta política de siempre sumarse a la experiencia sigue resultándome bastante válida, y entré al gigantesco escenario dispuesto a que, por lo menos, las melodías doorsianas me entretuvieran haciéndome imaginar unos instantes de su época.
El lugar no estaba lleno, pues no es fácil copar un aforo selecto de 7.000 almas por segunda vez y se veían unos quinientos asientos vacíos. En patio de butacas, todos escuchaban de pie y sólo algunos bailaban, igual en el anillo superior del graderío; sin embargo en el mío, excepto en los laterales, toda la audiencia escuchaba reposando el culo. Alguno tapeteaba con el zapato o ligeramente movía el cuello, y yo me estaba poniendo malo . ¿Cómo es posible una audiencia tan fría? ¿Qué ha sido de los aplausos y gritos del inicio? Brett Scallions (ex cantante de Fuel) hacía todo lo posible no por emular a Morrison, sino por acercarse, a su manera, al grado de espectáculo que proporcionaba éste. Y, para lo difícil de su empresa, digamos que lo lograba. Concluí que escuchar a los Doors sentado era una gran aberración, y una falta de respeto no menor que ponerme en pie en mi lugar y empezar a bailar. Por suerte me había tocado un lugar junto al pasillo, así que no molesté a mucha gente y, al rato que miré hacia atrás, en lugar de incriminarme un buen grupo de gente había decidido estirar las piernas y el esqueleto. Así permanecí todo el concierto, disfrutando como un crío, hasta dejarme la voz junto a otros muchos para lograr la postrera “Let my Fire”. Fue como un diluvio en plena sequía que hizo dar botes y toda clase de saltos al personal, pues teniendo en cuenta que la vieja guardia la forman la guitarra y los teclados (Krieger y Manzarek, respectivamente), ésta era hoy, a mi juicio, la pieza más Doors posible de todo el repertorio Doors. A la postre, dos horas que valieron tanto o más que cientos de grinds y slaps de aquellos de los quince años.
MANIFEST’07.
El sábado me desperté a eso de las 15h. Tras el concierto del día anterior habíamos ido a cervecear a una taquería y luego a un antro, y mi laptop y los emails estaban a punto de declinar por mí definitivamente el Manifest. Pero se despertó Borja, dudamos, lo olvidamos por un rato, retomamos el tema y, tras agarrar unas cuantas tortas para comer por el camino, nos fuimos corriendo a por un taxi que nos acercara al bus de Santa Fe. A bordo, nos dimos de bruces con Chico y Víctor, dos amigos a los que esperábamos ver quizás entre el gentío pero que probaron nuevamente que el DF, si bien es la ciudad más grande del mundo, también puede quedarse corta.
La organización fue pésima, perdimos mucho tiempo buscando bebida y comida (causa de que nos saltáramos a Teddy Bears por completo), pero el hecho de regresar a un festival que sustituyera en forma al deseado Summercase’07 podía con todo desánimo. Haciendo balance, al llegar, nos quedamos apenas con el postre de The Withest Boy Alive; después pasé sin ton ni son por los escenarios de los enfervorizados The Rapture y los kitsch The Horrors, ambos arrinconados en un enorme mar de adolescencia ultramoderna, y agradecí al frío cielo de ese atardecer el eclecticismo, la naturalidad y la clase de Yo La Tengo, casi desconocidos para mi sorpresa por estas tierras, pero que lo dieron todo en un interminable sprint final que dejó a fans y (hasta entonces) no fans absolutamente vuelta al aire.
Aún quedaba la cabeza del cartel, nada menos que Interpol, que para mí eran más una alusión nostálgica a los viernes de Razzmataz en Barcelona y conocidos más que nada por las comparaciones con Catpeople. Tenía muchas ganas de verlos para poder buscar similitudes, pero diré que aunque maravillaron al personal y por momentos a mí también, sus coincidencias no son tantas y que me quedo -imparcialmente- con mis laureados amigos vigueses.
Dos meses de dudas alrededor de la asistencia al Manifest terminaron con un dulce sabor de estómago, aunque sólo cuando, por fin al salir de aquel campo de inanición inducida, pude llenarme el buche en ese espeluznante mirador citadino que es el piso de Cassandra.
LOS AUTÉNTICOS DECADENTES.
Quién lo diría. El día de resaca oficial no fue tal, madrugué para ir a clases de Alemán y, tras ellas, pateé y pateé la ciudad hasta llegar a casa con los pies escocidos tras más de cinco horas de expedición por el vacío centro, desde la colonia Roma hasta el frontón México. La tarde noche era para hacer balance de las últimas fotos, recopilar tickets de los últimos espectáculos y escribir unos cuantos mails. En ese momento me acordé de Gabriel y su propuesta por sms. Decidí llamarlo y, tras desearle un buen concierto de Los Auténticos Decadentes y excusarme por mi extensa borrachera de recitales, me arrepentí inmediatamente. Lo llamé de nuevo, me puse chamarra y gorro y salí a buscar un taxi.
En el antiguo Salón 21, aún no había aparecido ninguno de los once decadentes pero la megafonía y las rolas de La Bersuit ya habían hecho brincar a los cientos de argentinos con sus remeritas futboleras y otros miles de mexicanos ‘argentófilos’. Al poco, salieron todos en tromba y la sala se convirtió en una bacanal de gritos, saltos, empujones, manos rectas arriba y un torrente de voz único y atronador. Fue la previsión de fiesta plena, de locura mezcla de grada popular de cancha de fútbol y de verbena de pueblo de Euskadi lo que me decantó. Letras pegadizas y repetitivas, “Piratas”, “Primas lejanas” y “Ositos de Taiwán”, sustituían virtuosismo por ingenio, oficio y una encomiable puesta en escena. La música es fiesta y los latinos son pura fiesta, o eso creía yo, aunque tuvieron que venir del país menos latino de todos para recordarnos que, felizmente, estamos muy vivos.
MIÉRCOLES 31, SABINA+SERRAT: DOS PÁJAROS DE UN TIRO.
En breve.